"...Y un día Nico se Fue", según Andres Alcain.

Osvaldo Bazán se enamoró alguna vez aquí en Rosario de "Nico", después de seis años, un día, "Nico"... ¡se fue!  Ardua tarea intentar descubrir el por qué del duro momento que lo llevo a vivir a Buenos Aires,  donde logró tras varios trazos, garrapatear una historia que refleje su amor, tal vez, con la ilusión de recuperar al ser amado, solo a través de un texto, hoy novela.
Esta historia -la de Osvaldo y Nico- transcurre en los años '90, un tiempo donde la ley de matrimonio igualitario aún no existía y,  de estos y otros  temas no se hablaba demasiado.
Por aquel entonces, se comentaba en cambio, que en NY se podía ver una obra "revolucionaria" por su temática, RENT, obra a la cual asistí el año de su estreno y realmente sorprendía, no tenía la carga de una superproducción como las aclamadas The Phantom of the Opera, Miss Saigon o la más que costosa Sunset Boulevard, si en cambio, mostraba una realidad más cruda, más descarnada, propia de su tiempo. Los estudiantes dormían en las calles para conseguir un ticket en pleno invierno. Ver la obra fue respirar algo nuevo, algo estaba cambiando en New York City.
Paso mucho más que una década, tanto que olvide la sensación de libertad de aquella impactante función en la gran manzana.
Distraído, casi sin querer, visitando La Usina del Arte, espacio recuperado con tino y digno de visitar en La Boca, llegue a ver "Y un día Nico se fue".
Mientras esperaba ingresar a la sala recientemente inaugurada  vi los libros de Osvaldo, ¿cómo fue que no leí el libro primero? "Nico" no regreso, pero el autor, termino publicando un códice que ya está en su 5ª edición.
Cuentan los que hacen esta historia, que un día Ricky Pashkus comento en Twitter la ausencia de historias para generar un musical y un poco en serio, un poco en broma, Bazán respondió "yo tengo un libro"...y el resto, es una nueva historia.
El maestro Pashkus, supo ver el potencial del texto y acompaño a Osvaldo en el proceso de adaptar su propia novela, transmutando la misma en un musical, se suma a este dúo un acertado Ale Sergi para darle vida a las canciones que con gracia transitan y hacen posible cada cuadro, alguno dirá que tal vez haga falta un tema, una canción que identifique la obra, el famoso leitmotiv, yo diría, que la obra lo es per se.
Walter Quiroz (Osvaldo) sorprende, con un impecable trabajo, Tomás Fonzi (Nico) recrea a la perfección el recuerdo de ese joven que se fue, efímero, casi distante y al mismo tiempo tan presente y displicente.
En el medio, dos familias y una semblanza de cómo interpretar esa noticia, aquella de tener un hijo homosexual y un puñado de buenos amigos, que contienen hasta tanto "la buena nueva" pueda ser comprendida. Pero ese detalle (la sexualidad) si bien no es menor, queda en un segundo plano, lo importante no es "con quien", lo valido es -el amor- más tarde, el abandono y por qué no, el perdón.
Transcurre, entre encuentros y desencuentros una obra que guarda sorpresas; en algún momento del espectáculo Osvaldo (Quiroz) se cuestiona, se pregunta y Bazán desde el público, responde, maravillosa idea que entremezcla realidad y ficción; antes de finalizar el primer acto, -todos los días-, un invitado "de lujo", lee al público, aquello que en los '90 estaba ausente y que hace a los derechos e igualdad de condiciones, nuevas leyes, que cambiaron para siempre la historia de muchos argentinos.
El elenco todo, esta impecable, imposible no mencionar a Ángel Hernández, quien interpreta a un encantador Cupido, demostrando una vez más su versatilidad en un escenario, curiosamente, Hernández (pisó firme en la versión argentina de RENT).
Por qué insisto en comparar las dos obras, simple. No es necesario un gran despliegue escenográfico, ni una descomunal parrilla de luces, ni una banda con decenas de músicos. Aquí solo es lo justo, lo necesario. Lo que vale son las interpretaciones, lo que fortalece es el paso a ritmo de una coreografía bien marcada y diseñada para un espacio pequeño pero bien aprovechado en cada uno de sus niveles,  aquello que genera risas y lágrimas, es el esfuerzo  de cada uno de los integrantes de la compañía que encarnan todos los personajes que la mente de Bazán escribió. Un ensamble que permite que ambos protagonistas vuelen por los aires, sin temor a caer al vacío.
Como gran relojero que es el director, cada pieza está en su lugar, perfectamente aceitada y funcionando -en tempo-.
El público, acompaña, ríe, aplaude, se emociona. La función termina, y la banda (precisa) sigue tocando  melodías mientras uno se aleja.
Al salir de la función recordé que solo una vez tuve esa sensación de nuevos aires, de libertad, aquella mencionada más arriba y pensé, mientras contemplaba La Usina, finalmente Buenos Aires, tiene nuevos aires, la Argentina es otra, y en gran parte, debemos darle las gracias a Osvaldo y también a Nico, que un día...se fue.
Columnista Invitado: Andrés Alcain- Continental Rosario 100.1

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